EL FESTÌN DE LAS BRUJAS

Publicado por Juan Felipe jueves, 5 de agosto de 2010


El poblado ejidal llamado Tanque Colorado, en San Luis Potosí, se despertó con una buena nueva. El hogar de Mercedes y Luis se llenó de luz pues había nacido su primer hijo. Era hermoso el niño: de piel muy blanca y sonrosada como la de sus padres; de ojos claros, muy robusto: había pesado casi cuatro kilos.


En cuanto salieron de la clínica, por la casa de la feliz pareja se vio desfilar a parientes y vecinos que llevaban regalos para la madre y su niño: pañales de tela "ojo de pájaro", de algodón o de humilde manta; gorritos, chambritas y zapatitos tejidos a mano, botes de leche en polvo; o cuando menos, algunas piezas de pan de dulce o tortillas de harina recién hechas en casa pues la solidaridad entre familias es tradicional en los hogares mexicanos.


Pero días después, a la caída del Sol, aquel hogar recibió una oscura visita: las hermanas de Luis, dos mujeres de las que poco se hablaba en la familia y que desde el principio muy mala espina le dieron a la joven madre. Siempre solitarias, siempre vestidas de negro y de mirar torvo; poco hablaban y, como aves rapaces, solo intercambiaban entre sí miradas de inteligencia, quizá, comunicándose en silencio. Sin embargo, como buena anfitriona, Mercedes las recibió y les mostró su bebé como el premio con que Dios la había bendecido.


Las hermanas, envueltas en el silencio de siempre, se acercaron a la cuna y acariciaron el tierno cabello castaño de la criatura y sus mejillas color de rosa. Sonreían arcanas y se miraban entre sí, mientras Mercedes se estremecía en unos escalofríos que ni ella misma podía entender. No cabe duda que el instinto protector de una madre es una fuerza misteriosa que acentúa el sexto sentido que toda mujer tiene. El niño se agitó y empezó a llorar tan fuerte, que alarmó a su madre quien se acercó inmediatamente a cargarlo entre sus brazos.


Las tías caminaron hacia la puerta, con lo cual daban por terminada la visita. Antes de salir, dieron media vuelta, dilataron los ojos, y clavaron la mirada en el bebé. Con una sonrisa breve y torcida le dijeron a su cuñada: ¡Que lindo niño, Meche!, ¡se ve tan sabroso, que nos dan ganas de comerlo...!

Mercedes palideció ante las palabras, les contestó con una sonrisa forzada y las vio perderse en la naciente oscuridad. El niño, al amparo de su madre, había dejado de llorar. Esa noche, Luis tenía que ir a su trabajo de vigilante en unos almacenes cercanos y su mujer le pidió que no fuera, que no los dejara solos porque tenía mucho miedo de lo que habían dicho sus hermanas.


No tengas miedo, Meche - le contestó con voz tranquilizadora su esposo-. Ellas siempre han sido medio raras, o medio locas, pero no es como para que nadie les tenga miedo. Además, hay que trabajar. Duerman en paz. Mañana nos vemos. La oscuridad invadió el poblado y los campos de Tanque Colorado; y si las estrellas brillaban con gran intensidad, era porque un viento frío arrastró las nubes y empezó a peinar los montes provocando murmullos a su paso entre chaparrales y alambradas. Mercedes hacía guardia ante la cuna de su niño aún no bautizado, aún no consagrado a Dios, mientras las cuentas del Rosario se deslizaban entre sus dedos en el repaso de oraciones silenciosas.


Al avanzar las horas, luchaba por mantener los ojos abiertos en aquella vigilia que sentía necesaria; pero un pesado sopor fue apoderándose de ella y aunque acudió a la cocina a mojarse la cara, cabeceaba y bostezaba en un extraño sueño imposible de resistir. No supo en que momento cerró los ojos. Cuando los abrió, con gran sobresalto descubrió que ya la aurora pintaba de malva el Oriente. Al volver la vista a la cuna, la descubrió vacía. Tuvo que ahogar entre las manos un grito de desesperación que se habría oído por todo el caserío.


¡Había qué serenarse! ¡El niño no podía haber desaparecido! Lo buscó por cada rincón de la casa. Ya fuera de sí, salió hasta el patio y no pudo más. El llanto estalló y a causa de sus gemidos, los vecinos empezaron a acudir uno a uno hasta reunirse un numeroso grupo rodeando consternado a la pobre mujer.


Luis regresó una hora antes de lo habitual. La alarma había llegado hasta su lugar de trabajo por un vecino que fue a llevarle la triste noticia. Igual que su esposa, revolvió toda la casa. Al fin, se sentó también a llorar. Había que aceptarlo: su pequeño había desaparecido.


Mercedes, sacudida por el llanto, le recordó lo que habían dicho sus cuñadas.


¡Estás loca! ¡¿Cómo puedes pensar que mis hermanas van a hacerle daño a su propia sangre?! -fue la respuesta airada de su esposo.


-Nada pierdes con ir a investigar, Luis –le dijo un vecino-. Tus hermanas no son de fiar... Además, durante la noche, sobre los techos se oyeron ruidos de grandes alas y chiflidos que a mí, que soy hombre, me llenaron de miedo. No te enojes por lo que te estoy diciendo. Mejor, ve a ver a tus hermanas. Luis puso el semblante sombrío. En verdad, en la misma familia se creía que sus hermanas mayores eran hechiceras pero, realmente, nadie podría probar nada; solo eran sospechas o tal vez calumnias de personas de mala fe. Iría. Ya no le quedaban más recursos. Al llegar a la casa de sus hermanas, a las orillas del ejido vecino, salieron las dos a recibirlo con una gran sonrisa.


-Pero, hermano, ¿que andas haciendo aquí? ¿No deberías estar a estas horas con tu esposa?


Cuando contó lo sucedido y el motivo de su visita, las mujeres endurecieron el semblante; y con aquella intimidante mirada, con gran autoridad le dijeron: -¡De veras que te has vuelto loco! ¡Solo a un tonto se le puede ocurrir que nosotras podríamos hacerle daño! ¡Mejor, lárgate de aquí y no nos vuelvas a visitar!


Luis se retiró confundido. No sabía si insistir en su reclamo o pedir disculpas a las arpías. Pero por aquello de las dudas, al atardecer se dedicó a hacer guardia escondido entre el matorral, a una distancia prudente de aquella casa. Y al caer las sombras, con gran horror oyó que se empezaron a escuchar carcajadas en las habitaciones; las macabras risotadas poco a poco se convirtieron en chillidos; y tras un breve silencio, dos lechuzas salieron a la puerta y levantaron el vuelo perdiéndose en la noche.


Luis temblaba de miedo pero, venciendo su espanto, se acercó a la casa y entró hasta el segundo cuarto. Nadie estaba. Sus hermanas se habían ido. Cayó en la escalofriante cuenta: ¡Ellas eran las lechuzas! ¡Tenían razón! ¡Sus hermanas eran brujas! Con un sobresalto que lo sacudió hasta el alma, sobre la cama y oculto entre sabanas, descubrió el cuerpo ya endurecido de su pequeño, con una palidez cadavérica en el rostro, y la piel llena de moretones y pequeños cortes. Le habían vaciado la sangre.


Los hombres también lloran; y Luis lloró todo el camino a su casa, cargando el cadáver de su hijo. Al ir acercándose a su hogar, Mercedes, lanzando un grito de dolor, salió a recibirlo. Las mujeres del vecindario, al fin madres, también lloraron conmovidas ante el cuadro de la pareja abrazando al niño muerto. Aunque fueron buscadas por todas partes con ánimos de venganza, las siniestras hermanas no volvieron a dejarse ver por la región. La casa de las brujas quedó sola para siempre y Luis decidió curar sus dolores dejando Tanque Colorado para nunca más volver.


Así, se cambiaron a la ciudad de Monterrey. Ahí, en un nuevo trabajo, la prosperidad llegó a sus vidas y otras bendiciones recibieron del Cielo pues tuvieron otros hijos más. Pero aunque tanto consuelo el Señor les mando, jamás olvidaron su primer dolor y Mercedes se dedicó en cuerpo y alma, día a día, a cuidar celosamente a sus niños hasta verlos crecer y alcanzar la juventud.


El tiempo todo lo cura. Con los años, las heridas se convierten en cicatrices. Pero entre la familia afectada y los vecinos de Tanque Colorado que atestiguaron esta terrible historia, jamás se olvidó aquel horripilante festín de brujas…

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