Hay objetos, inclusive el juguete aparentemente más inofensivo, que guardan un siniestro secreto. Algunos de ellos albergan seres perversos que esperan la oportunidad de emerger y causar todo tipo de calamidades a sus desafortunados propietarios. Este es el caso de Mariana, una pequeña cuya muñeca servía de refugio a una fuerza maligna que intentaba apoderarse de su alma.
Mariana despertó entusiasmada; era seis de enero y seguramente los Reyes Magos ya habían dejado bajo su árbol de navidad, como cada año, dulces y juguetes. Bajó a toda prisa las escaleras y vio con alegría que ahí estaban las cajas envueltas en papeles multicolores, coronadas con enormes moños. -¡Víctor, levántate! ¡Ya llegaron los Reyes! Aún adormilado, su pequeño hermano la alcanzó en pocos segundos. Tampoco podía contener su deseo de abrir los anhelados obsequios.
-¡Este es para mí!-, gritaban con júbilo mientras rasgaban desesperados las envolturas. Uno a uno fueron descubriendo sus presentes hasta que sólo quedó una muñeca sin envolver, justo detrás de aquel adornado pino. -¡Guácala, que fea está! ¡Le falta un ojo y su ropa está toda gastada!- exclamó la niña
Ante el escandaloso alboroto, sus padres bajaron a contemplar la felicidad de sus hijos. Con un gesto
de curiosidad en el rostro, intercambiaron miradas y se susurraron al oído. -¿Tú compraste esa mona,
Braulio? -¿No fuiste tú?
Luego de meditarlo por algunos segundos, Ofelia cayó en la cuenta de que quizá se las habían dado de pilón en la compra de otro juguete. Y, ante la tremenda borrachera que se había puesto la noche anterior, Braulio pensó que probablemente la había metido en su bolsa de regalos sin percatarse. -Pero, ¿y qué les trajeron? – ¡A mí una autopista de carreras y un juego de video! ¡Además, un chorro de dulces!-, respondió Víctor.- ¡Pues a mí un juego de té, un estuche de maquillaje y también muchos dulces! Ah, y una muñeca que está bien fea.
El día transcurrió entre risas y alegría, los pequeños no dejaban de comer golosinas ni de disfrutar sus obsequios; todos excepto la muñeca, que fue a parar en un rincón de su habitación. Al caer la noche, estaban tan entusiasmados que no lograban conciliar el sueño, pero poco a poco los fue venciendo el cansancio hasta que se quedaron profundamente dormidos.
De pronto, algo despertó repentinamente a Mariana; se trataba de un extraño ruido que provenía de su ropero. Al abrirlo, vio con terror que le habían arrancado la cabeza a todas sus muñecas. Sumamente enojada, despertó a su consanguíneo. -¡Óyeme, chamaco! ¡¿Por qué hiciste eso?! -¿De qué hablas? ¡Déjame dormir! Luego de discutir por varios minutos la niña quedó convencida de la inocencia de Víctor, pero una duda invadía su mente: ¿si no había sido él, entonces quién?
Al voltear a ver hacia el rincón más oscuro del closet, notó que la extraña muñeca estaba ahí sentada. Pese a su corta edad, sabía que no podía ser ella la causante de tales destrozos. Los días pasaron y los sucesos inexplicables se sucedieron uno tras otro. Las cosas cambiaban de lugar, objetos aparecían rotos sin motivo aparente y la pequeña sufría de horribles pesadillas en las que su no deseado regalo era la protagonista.
Lo peor vino una noche en que fue Víctor quien se despertó inquieto. Siguió los misteriosos sonidos hasta la sala y lo que vio le quitó la respiración: la muñeca caminaba por rumbo a la cocina. Un grito de pánico salió de su garganta, despertando a sus papás. -¡¿Qué te pasa hijo?! ¡¿Qué tienes?! Una vez que escucharon la versión del infante pensaron que era una broma de muy mal gusto y lo reprendieron. Acto seguido, Ofelia tomó el juguete y lo puso fuera del alcance de sus vástagos.
Todo parecía volver a la normalidad hasta que, una noche que regresaba del trabajo, Braulio presenció una escena siniestra; la muñeca permanecía al pie de la cama de Mariana empuñando un cuchillo y sus ojos eran de un rojo intenso. Sin pensarlo dos veces, le dio una fuerte patada y la tomó por sus cabellos. Después tomó una bolsa de basura y la metió dentro.
Su mujer no daba crédito a lo que él le decía, pero a la mañana siguiente le entregó la bolsa al barrendero. Tres días después, ella misma constató la versión de su cónyuge; mientras hacia la limpieza, encontró la muñeca en el armario de su hija, solo que ahora: estaba completamente sucia y pestilente. Aterrorizada, la metió en una bolsa y la llevó a la iglesia. El sacerdote, incrédulo, roció el paquete con agua bendita para tranquilizarla En ese momento, el contenido de la bolsa comenzó a retorcerse y en medio de gemidos que enchinaban la piel.
Pensando que llevaba un gato u otro animal, el religioso le pidió que la abriera de inmediato. Por poco le da un infarto al ver que, efectivamente, se trataba de un objeto de plástico.
Luego de persignarla y echarle más agua, le sugirió enterrarla en un cementerio y rezar un Padre Nuestro.
Así, finalmente acabaron los sucesos sobrenaturales, aunque Mariana todavía sufre de pesadillas recurrentes debido al tremendo impacto que le causó su satánica experiencia.






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