CELESTUN vibrará con “Caty la muñeca embrujada” este sábado 21 de agosto

Publicado por Jorge Moreno

Luego de casi tres años de ausencia, regresa al puerto de Celestun la Gira Paranormal Misterios, encabezada por Jorge Moreno, quien presentará casos completamente nuevos para los celestunenses.


En el 2007 la Gira Misterios se presentó con gran éxito en el puerto, en donde casi 400 personas vieron los casos que en ese entonces presentó el investigador paranormal.


Ahora, llevará el caso de Caty (una de las investigaciones más famosas) el video en donde se observa como se mueve y también la presentará en vivo para todo aquel valiente que le quiera tomar una foto, así como 30 casos inéditos.


Serán dos funciones (8 y 10 pm), en la Casa de la Cultura, los boletos de preventa tienen un costo de 30 pesos y en taquilla el día del evento estarán a 40, adquiera sus boletos en----------------------------------------------------------------------------------------los puestos de revistas de Misterios en Celestun.

La Gira Paranormal de Jorge Moreno llega a PROGRESO, CHELEM y CHICXULUB PUERTO

Publicado por Jorge Moreno

Todo se encuentra listo para que el misterio y el terror llegue a las playas de Yucatán, con las magnas conferencias paranormales que presentará el periodista e investigador Jorge Moreno en Progreso (viernes 13 de agosto), Chelem (sábado 14) y Chicxulub puerto (domingo 15), todas en punto de las 8:30 de la noche.


Moreno presentará un resumen de los mejores casos y evidencias en video, audio (psicofonías) y fotos que ha recopilado desde el año 2003, así como casos exclusivos nunca antes vistos, incluyendo una investigación en el edificio del DIF de Progreso en donde se aparecen el fantasma de un niño y de un señor.


Así que ya lo sabes, no te los puedes perder, ya que los tres eventos serán sin costo alguno para los asistentes, ya que son organizados por el ayuntamiento de Progreso, a través de las direcciones de Cultura, Juventud y Comisarías.

UN BESO PARA MORIR

Publicado por Juan Felipe


¿Existirán los vampiros tal como la tradición popular y la literatura los ha concebido? ¿Habrá seres de oscuridad que viven miles de años alimentándose de sangre humana? Quizás el vampirismo tiene una base diferente a la que conocemos. Tal vez la sangre humana no es más que una idea alegórica de lo que realmente nos da la vida. Tal vez la sustancia vital no es precisamente la sangre, sino el fluido universal con el que nacemos y que vamos enriqueciendo al paso de los años, que es lo que realmente apetece el vampiro.


Vamos a entrar a una historia verídica donde se cruzan la malicia humana, que nos lleva a la perdición; y la astucia de los seres del inframundo para llamarnos a sus redes mortales al aprovechar nuestras debilidades. Dispóngase a recibir... un beso para morir.


La antigua Estación Golondrinas, de Lampazos, Nuevo León, dormía bajo la Luna creciente en medio de las tierras áridas que apenas se visten con algunos arbustos espinosos y bajo chaparral. La noche estrellada mostraba con claridad la blanca nebulosa de la Vía Láctea mientras don Vicente, guardia de seguridad en turno, para refrescarse un poco en aquella noche de agosto, subió al techo de lo que fueron los hogares de los trabajadores del riel, una construcción de diez casas en fila paralela a las vías, con un techo común que se extiende como alargada plataforma de concreto por unos 40 ó 50 metros. Desde ahí se proponía contemplar las estrellas y vigilar desde lo alto el paso de los trenes.


Fueron 130 años de historia en que la estación vio pasar revolucionarios, presidentes y miles de familias emigrar tras el reacomodo poblacional que vino con la posrevolución, la industrialización y la búsqueda de una vida mejor al otro lado del río Bravo; pero ahora, ya ni trabajadores había en lo que fue un poblado de estación. El edificio principal de aquella parada, suspiraba recuerdos de cuando albergó todo un cuerpo administrativo; y la fila de casas de ladrillo, ahora abandonada, ya no servia más que como punto de vigilancia en espera de la llegada de cada convoy.


Don Vicente se había acostumbrado al silencio paso de las horas. A veces, solo se oía el chillido de una lechuza, el grave ulular del tecolote o el aullar del coyote con su ancestral llamado de amor a la hembra en celo. Como siempre, todo era una rutina en paz. El hombre recostado se apoyaba en un codo para vigilar hacía el norte, en espera del siguiente tren que habría que supervisar.

De pronto, de pie y al fondo del techado, descubrió una joven mujer que lo observaba atentamente. Era una rubia platinada de larga y ondulada cabellera, de una belleza excepcional. Y fascinado en la contemplación, la vio deslizar lentamente su descalzo paso hacia él. Vestía unos shorts que dejaban ver la tersura de sus bien torneadas piernas y una camiseta de vestir que, sin sostén, no podía disimular un busto bien formado.


En aquella soledad, era insólita su presencia pues no había una mujer en kilómetros a la redonda. Lo primero que pensó fue que era una muchacha perdida en el monte que necesitaba ayuda; o, posiblemente, un inmigrante ilegal que habrían bajado de algún tren. En todo caso, era un verdadero agasajo a la vista. ...Y sonrío al pensar que tal vez le caía como un regalo celestial para acompañarlo en su solitario turno. No sabía que, quizá..., ¡no venía precisamente del Cielo!


La mujer irradiaba júbilo en la mirada. También desbordaba entusiasmo ante aquel encuentro; aunque tal vez sus motivaciones eran diferentes. Vicente intentó levantarse para darle una digna bienvenida y en ese momento, aquel encuentro tomó un sesgo diferente e inesperado: ¡No pudo mover ningún músculo de su cuerpo...! ¡Descubrió que estaba totalmente paralizado...! En su interior, luchaba y se revolvía en esfuerzos por pararse. Imposible...


En la promesa de un abrazo, la bella tendía entreabiertos los brazos en su avance hacía el inerme vigilante. Llegó ante él, dejó colgar las manos a los lados de sus caderas, y quedó parada, mientras lo observaba a todo lo largo en contemplación golosa. Se arrodilló, lo acomodó entre sus brazos, acercó su rostro hermoso a la faz del hombre, que miró asombrado como adelantaba los labios para plantarle un beso en la boca; tan apasionado..., tan profundo..., que sintió que le llegaba a la garganta..., al estómago..., al vientre..., que le aspiraba la vida..., el alma misma.


Aterrorizado, sentía que lo iba vaciando lentamente de todo su interior. Algo salía de su cuerpo que era succionado por la pálida visitante que iba virtualmente devorándolo en aquel beso mortal. Desde su interior, luchaba por gritar, por pedir auxilio para que alguien acudiera en su ayuda; pero era un guiñapo indefenso en brazos de la criatura de la noche, que le aspiraba cada rincón de su interior sin que pudiera defenderse.


El festín terminó... La mujer lo soltó y se levantó satisfecha. Su víctima quedó al piso, desmadejado, paralizado, con la mejilla pegada al cemento mientras contemplaba el camino por donde la vio llegar. El bello demonio dio media vuelta y se retiró al correr por el aire, a zancadas sin tocar la superficie. Al llegar al extremo, dio un salto a tierra y desapareció de la vista del vigilante que empezó moverse y a levantarse penosamente.


Estaba débil, muy débil; pero caminó tambaleante alrededor del techo en busca de la mujer que lo había dejado sin fuerzas. Nada veía por los montes que rodean la estación sino la oscuridad y el silencio que ahora le daban miedo. De alguna manera, comprendió que había tenido un fatal encuentro con un demonio devorador que se había llevado toda su vitalidad.


Se frotó los labios... Los sentía adormecidos tras el beso fatal. Todo su ser temblaba en una debilidad extrema. Como pudo, bajó del techo y se refugió en algún rincón de la estación. De allí llamó por la radio para pedir asistencia a sus compañeros, que prestos llegaron y lo encontraron con la boca sumamente inflamada y con una historia que nadie creyó.



La mañana llegó y sus compañeros de trabajo lo observaban todavía extremadamente débil y con los labios muy hinchados. Fue ayudado a llegar a Lampazos de Naranjo donde su esposa tampoco pudo creer lo sucedido. En debilidad extrema, tuvo que pedir una incapacidad laboral. Sus amigos lo visitaban pero por lo increíble de estos hechos, se reían de la historia. Todos decían que la verdad era que había tenido una sabrosa aventura con la noctámbula. Creían que los besos fueron tan apasionados, ¡que así lo habían dejado...! Que aquella mujer había sido tan fogosa, que parecía que su intención había sido devorarlo. En su ignorancia, no sabían ¡que tanta razón había en sus palabras!


Los días pasaron y se convirtieron en semanas. Vicente se consumía día a día. Perdía apetito, peso y posibilidades de trabajar y sólo el reposo y los cuidados de su abnegada mujer eran el único consuelo. Ahora, al verlo enflaquecido y pálido, todos empezaron a tomar en serio su relato sobre la noctámbula.


...Y ahí está todavía. Ya nunca recuperó peso. Por las noches, despierta victima de terribles pesadillas: sueña la visita de una voluptuosa mujer que le sonríe y se le acerca con los brazos abiertos, ofreciéndole aquellos labios sensuales para un beso en el que le va la vida; aquel beso que fue su perdición.

UN ALMA EN BUSCA DE CONFESIÓN

Publicado por Juan Felipe


Era el año 1958, la sequía tenía en crisis al norte de México. La presa Don Martín, en terrenos de Coahuila, se encontraba vacía; los riegos estaban suspendidos y toda actividad agrícola también. Ante la falta de dinero, los comercios de Ciudad Anahuac lucían desiertos y los fleteros que desde todas partes del país venían a llenar sus camiones con las preciadas pacas de algodón, parecían para siempre desterrados.


Con las despepitadoras sin actividad y cientos de trabajadores sin empleo, todo era penuria y deseo de abandonar el terruño con rumbo a Nuevo Laredo o Monterrey para definitivamente, nunca más volver. En este marco trágico, mucha gente se negó a dejar morir el poblado y resistió pacientemente, casi al borde de la hambruna.

Don José Santillán padecía también la falta de todo y se empleaba por unos cuantos pesos en "lo que saliera"; así que su hijo Raúl, un joven de catorce años, decidió ayudar al gasto familiar y ya que no había actividad en la parcela, se consiguió un cajón y equipo para bolear. Algunos centavos que aportara a la casa para algo tenían que servir.


En aquel tiempo vivía en la estación Rodríguez y, al combinar la boleada ambulante con una pacifica vagancia, a veces le daba la media noche en la calle. Su punto de reunión favorito estaba a dos cuadras de su casa; era el cruce de la hoy carretera a Colombia a la altura de la calle de Doctor Díaz. Ahí, sentados en la acera del templo del Sagrado Corazón, sus amigos y él esperaban el paso de un Express o una pic-kup para correr y colgarse de la parte trasera. Se iban trepados o sentados en la defensa, y saltaban a la siguiente cuadra para devolverse y esperar su turno para "colear" otro mueble cualquiera.


Una noche, cerca de las 12, cuando Raúl estaba sentado en la acera en comentarios finales con sus tres habituales compañeros de boleada, un hombre desconocido de edad indefinida, se paró repentinamente ante ellos. Asombrados por la súbita presencia, lo miraron de arriba abajo. Parecía de buena familia a juzgar por su elegante traje gris oscuro; pero lo que más les llamó la atención fueron su palidez y su peinado relamido y brillante. De modales finos, alto, delgado y de rostro afilado, lo notaron como embargado por una gran preocupación al preguntarles: -¿Saben ustedes si se encuentra el cura de la iglesia? Raúl se adelantó a sus amigos para darle una razón: -Pos ahora están nomás una viejita que hace el aseo y vive allí, y dos monjas que duermen en otro cuarto; pero el padre, no sabemos... A veces duerme aquí; a veces duerme en la otra iglesia.


-¡Es que me urge hablar con el párroco...! Vengo muy apurado... ¡Necesito verlo...! Por favor, díganme, ¿como podemos saber si esta aquí en esta iglesia? Las palabras del extraño se oían como desesperadas. –Pos no podemos saber... Si quiere, entre... Toque en aquel cuarto de la derecha, que es donde duerme; a ver si está...


Los cuatro lo vieron entrar apresuradamente, a pasos largos; y atravesar con su cuerpo los hierros del antiguo portón del templo. Luego lo vieron pasar el amplio patio y llegar ante el dormitorio del cura y penetrar las gruesas maderas de la puerta de aquella habitación. Los amigos quedaron callados ante estos dos hechos insólitos. Se miraron sonrientes pero confundidos. Todavía no les "caía el 20" de lo que estaban viendo, hasta que uno de ellos hizo el comentario obligado: -¿Vieron...? ¿Como pudo entrar si nunca abrió ni la reja ni la puerta...? ¿Vieron como los atravesó con su cuerpo...? Quedaron los cuatro en silencio...


Un frío repentino bajó por su nuca acariciando su columna vertebral hasta llegar a las corvas que empezaron a temblar. Las piernas se negaban a sostenerlos pero se hacían fuertes. Parecía que no querían aceptar que hablan atestiguado una presencia del más allá y mucho menos que hasta estuvieron hablando con ella. No se dijeron una palabra más... De pronto, en un grito a coro, y arrebatados por el espanto, corrieron hacia los cuatro puntos cardinales buscando el amparo de sus hogares.


Hasta el año 2008, han pasado 50 años y, los entonces niños son hoy hombres viejos; pero todavía recuerdan con un leve escalofrío aquella alma en pena que urgentemente buscaba un confesor, quizá para declarar sus pecados y lograr por fin el perdón y el descanso eterno.


Pero esta noche, si pasa usted por el frente del templo del Sagrado Corazón de la vieja estación Rodríguez, no se asuste si un elegante caballero, enfundado en fino traje gris oscuro, lo detiene para preguntarle por el párroco que tal vez todavía no ha logrado entrevistar para consumar la confesión de sus pecados. Simplemente, déle razón de lo que pide o condúzcalo personalmente ante cualquier cura de las parroquias. Y una vez consumada su buena acción, vaya a su calido lecho y tenga usted dulces sueños.

NUNCA MENCIONES AL DIABLO

Publicado por Juan Felipe


Muchas veces, las peleas en familia se dan sin comprender que al romper la paz en el hogar, estamos contribuyendo a romper también la paz universal y esto provoca que se cimbren las dimensiones y se provoque inquietud entre entidades ajenas a nuestro mundo. Nadie puede matar a un pequeño hijo de la Creación sin que toda ella se convulsione; nadie puede sacudir su alma en ira sin llamar a las iras que nos contemplan desde lo incógnito. Así es como se da una extraña historia en que el odio despertó a los seres oscuros que habitan el universo y llegaron para hacernos una terrible visita.


Platicaba mi abuela que en los tiempos en que era ella una niña, allá por el año 1929, vivían en un rancho de Galeana, Nuevo León, y una noche, el viento soplaba con tal intensidad que al pasar por entre alambradas y árboles provocaba un silbido que hacía que los vellos se pusieran de punta. En lo alto, la Luna llena plateaba el paisaje que rodeaba casa y corrales. Esa noche, mi abuela, de nueve años de edad, discutía airadamente con su hermana mayor. La discusión era por causas menores, pero el fuerte carácter de las niñas las hacia llegar hasta los golpes por cualquier desacuerdo. Mi bisabuelo no pudo aguantar más. Las separó violentamente y tras un manazo a cada una, en castigo por aquella riña, las echó en medio de la tétrica noche y les ordenó que se sentaran en una roca algo retirada frente a la puerta, hasta que se les bajara el enojo.


-¡Aquí no las quiero peleando...! ¡Se me quedan ahí sentadas hasta que se contenten...!


Las dos hermanas, con los brazos cruzados al frente en actitud rebelde, se miraban de soslayo mientras el enojo y el sacudimiento de la pelea aun agitaba su respiración sin ceder una ante la otra mientras parecían bufar de coraje. El viento hacia volar su pelo y vestidos, pero ellas clavaban la mirada en el suelo, invadidas de rabia.


Así las cosas, todavía su mamá salió y las sentenció: -¡Ándenle, tercas chuchas!


¡Se les va a aparecer el Diablo por peleoneras...!


Las dos contestaron al mismo tiempo con un tono de reto y otra vez empezaron a discutir entre si. Mi bisabuela trató de callarlas y parecía que la pelea se reanudaría en cualquier momento; pero algo sucedió que las hizo volver la mirada hacia todos lados. De repente, un soplo de viento todavía más fuerte y frío dejó a las tres sumidas en gran silencio. Miraron alrededor, y levantaron la vista a la Luna que redonda y blanca parecía también contemplar aquellas vidas en conflicto. Luego, a su oído llegó el sonido de unos pasos de caballo entre los pedregales que parecía avanzar hacia ellas.


Su mamá, como entendiendo que algo desconocido se acercaba, les dijo, quizá con el ánimo de asustarlas a ver si así se aplacaban: -¡Ándenle...! ¡Es el Diablo que viene por ustedes...! ¡Y para pronto, corrieron al interior de la casa! Su padre también se dio cuenta de aquellos raros sonidos y entró en preocupación. Asustados, entre todos cerraron puertas y ventanas sin dejar pasar ni el viento que, de pronto; parecía luchar por penetrar en la casa y se colaba por las rendijas de puertas y ventanas. Los pasos se escuchaban cada vez más claros; caracoleaban entre las piedras y se escuchaban sordos al pisar en tierra. Por fin, llegaron hasta las paredes de la casa.


El hombre, en su papel protector, se armó de valor y puso en su mano un machete que colgaba de una pared de la cocina. Su mujer Ie suplicaba: -¡No salgas, viejo...! ¡No sabemos qué es eso...! Pero en la necesidad de defender a su familia, el hombre de la casa salió decidido a investigar que era aquello que rondaba en medio de la noche.


No había caballo alguno. Solamente, parada en una esquina de la casa, vio una figura femenina. Era una mujer inexpresiva, pálida, alta y delgada; vestida de largo vestido negro, con la cabellera oscura colgando a la cintura y ajena al vendaval que agitaba los árboles. Al ver que flotaba sobre el suelo, supo al instante que estaba ante un ser del más allá, y quedó frente a ella entre el miedo y la obligación con su familia. Pudo más su valentía y se acercó al espectro con el machete en alto.


La aparecida se alejaba a la misma velocidad con que él se acercaba, desplazándose por el aire a unos centímetros del suelo; si corría, ella se deslizaba a la misma velocidad de él. Así, parecía que nunca le daría alcance. Pero decidido a no dejarla acercarse a su familia, la siguió alrededor del jacal y luego por el rumbo de la noria. El espectro se dirigió hacia las nopaleras y el valiente, con el arma en alto, no cejaba en su persecución. Pero cada vez que trataba de acercarse para darle un buen tajo, ella, con extraña habilidad, se alejaba; hasta que el persecutor se cansó y decidió regresar a su casa.


Al dar la media vuelta, a lo lejos vio que junto a la puerta volvió a aparecerse la mujer; y ante la aterrorizada mirada de su esposa e hijas, ¡Fue cambiando su figura hasta transformarse en un animal. Era ahora un robusto perro negro, grande, de hirsuta pelambre, con brillantes ojos rojos y grandes colmillos, que iba acercándose agazapado como preparando un ataque.


Cuando llegó blandiendo el machete, la bestia negra dio unos pasos atrás emitiendo un ronco gruñido. Pero el hombre, decidido a defender a los suyos, le lanzó un certero machetazo que hubiera partido en dos a cualquier animal, pero todos vieron asombrados que nada le hizo; solo se escuchó un golpe calcáreo como si el machete hubiera golpeado sobre un cuero seco, sin vida. Aunque sin daño alguno, el perro del Infierno dio la media vuelta y se fue; pero a unos pasos, se evaporó ante los atónitos testigos de esta historia.


Después de aquella experiencia, jamás volvió ninguna aparición a presentarse en la casa, quizá porque las dos hermanas dejaron de pelear entre ellas, o tal vez porque la madre entendió que nunca debió mencionar al Diablo como medio para terminar con las rencillas familiares; pues el demonio es rápido en sus respuestas ante todo aquel que lo invoca. Así, la paz volvió a aquel hogar y los entes del más allá ya nunca sintieron el llamado a nuestro mundo.


Y esta noche, antes de dormir, usted tampoco invoque al Diablo ni con el pensamiento. No vaya a ser que en su cama se acuesten dos; y de pronto, a la media noche, descubra que ya son.... ¡tres!

LA MUÑECA MALDITA

Publicado por Juan Felipe


Hay objetos, inclusive el juguete aparentemente más inofensivo, que guardan un siniestro secreto. Algunos de ellos albergan seres perversos que esperan la oportunidad de emerger y causar todo tipo de calamidades a sus desafortunados propietarios. Este es el caso de Mariana, una pequeña cuya muñeca servía de refugio a una fuerza maligna que intentaba apoderarse de su alma.


Mariana despertó entusiasmada; era seis de enero y seguramente los Reyes Magos ya habían dejado bajo su árbol de navidad, como cada año, dulces y juguetes. Bajó a toda prisa las escaleras y vio con alegría que ahí estaban las cajas envueltas en papeles multicolores, coronadas con enormes moños. -¡Víctor, levántate! ¡Ya llegaron los Reyes! Aún adormilado, su pequeño hermano la alcanzó en pocos segundos. Tampoco podía contener su deseo de abrir los anhelados obsequios.


-¡Este es para mí!-, gritaban con júbilo mientras rasgaban desesperados las envolturas. Uno a uno fueron descubriendo sus presentes hasta que sólo quedó una muñeca sin envolver, justo detrás de aquel adornado pino. -¡Guácala, que fea está! ¡Le falta un ojo y su ropa está toda gastada!- exclamó la niña

Ante el escandaloso alboroto, sus padres bajaron a contemplar la felicidad de sus hijos. Con un gesto

de curiosidad en el rostro, intercambiaron miradas y se susurraron al oído. -¿Tú compraste esa mona,

Braulio? -¿No fuiste tú?


Luego de meditarlo por algunos segundos, Ofelia cayó en la cuenta de que quizá se las habían dado de pilón en la compra de otro juguete. Y, ante la tremenda borrachera que se había puesto la noche anterior, Braulio pensó que probablemente la había metido en su bolsa de regalos sin percatarse. -Pero, ¿y qué les trajeron? – ¡A mí una autopista de carreras y un juego de video! ¡Además, un chorro de dulces!-, respondió Víctor.- ¡Pues a mí un juego de té, un estuche de maquillaje y también muchos dulces! Ah, y una muñeca que está bien fea.


El día transcurrió entre risas y alegría, los pequeños no dejaban de comer golosinas ni de disfrutar sus obsequios; todos excepto la muñeca, que fue a parar en un rincón de su habitación. Al caer la noche, estaban tan entusiasmados que no lograban conciliar el sueño, pero poco a poco los fue venciendo el cansancio hasta que se quedaron profundamente dormidos.


De pronto, algo despertó repentinamente a Mariana; se trataba de un extraño ruido que provenía de su ropero. Al abrirlo, vio con terror que le habían arrancado la cabeza a todas sus muñecas. Sumamente enojada, despertó a su consanguíneo. -¡Óyeme, chamaco! ¡¿Por qué hiciste eso?! -¿De qué hablas? ¡Déjame dormir! Luego de discutir por varios minutos la niña quedó convencida de la inocencia de Víctor, pero una duda invadía su mente: ¿si no había sido él, entonces quién?


Al voltear a ver hacia el rincón más oscuro del closet, notó que la extraña muñeca estaba ahí sentada. Pese a su corta edad, sabía que no podía ser ella la causante de tales destrozos. Los días pasaron y los sucesos inexplicables se sucedieron uno tras otro. Las cosas cambiaban de lugar, objetos aparecían rotos sin motivo aparente y la pequeña sufría de horribles pesadillas en las que su no deseado regalo era la protagonista.


Lo peor vino una noche en que fue Víctor quien se despertó inquieto. Siguió los misteriosos sonidos hasta la sala y lo que vio le quitó la respiración: la muñeca caminaba por rumbo a la cocina. Un grito de pánico salió de su garganta, despertando a sus papás. -¡¿Qué te pasa hijo?! ¡¿Qué tienes?! Una vez que escucharon la versión del infante pensaron que era una broma de muy mal gusto y lo reprendieron. Acto seguido, Ofelia tomó el juguete y lo puso fuera del alcance de sus vástagos.


Todo parecía volver a la normalidad hasta que, una noche que regresaba del trabajo, Braulio presenció una escena siniestra; la muñeca permanecía al pie de la cama de Mariana empuñando un cuchillo y sus ojos eran de un rojo intenso. Sin pensarlo dos veces, le dio una fuerte patada y la tomó por sus cabellos. Después tomó una bolsa de basura y la metió dentro.


Su mujer no daba crédito a lo que él le decía, pero a la mañana siguiente le entregó la bolsa al barrendero. Tres días después, ella misma constató la versión de su cónyuge; mientras hacia la limpieza, encontró la muñeca en el armario de su hija, solo que ahora: estaba completamente sucia y pestilente. Aterrorizada, la metió en una bolsa y la llevó a la iglesia. El sacerdote, incrédulo, roció el paquete con agua bendita para tranquilizarla En ese momento, el contenido de la bolsa comenzó a retorcerse y en medio de gemidos que enchinaban la piel.


Pensando que llevaba un gato u otro animal, el religioso le pidió que la abriera de inmediato. Por poco le da un infarto al ver que, efectivamente, se trataba de un objeto de plástico.


Luego de persignarla y echarle más agua, le sugirió enterrarla en un cementerio y rezar un Padre Nuestro.


Así, finalmente acabaron los sucesos sobrenaturales, aunque Mariana todavía sufre de pesadillas recurrentes debido al tremendo impacto que le causó su satánica experiencia.

EL FESTÌN DE LAS BRUJAS

Publicado por Juan Felipe


El poblado ejidal llamado Tanque Colorado, en San Luis Potosí, se despertó con una buena nueva. El hogar de Mercedes y Luis se llenó de luz pues había nacido su primer hijo. Era hermoso el niño: de piel muy blanca y sonrosada como la de sus padres; de ojos claros, muy robusto: había pesado casi cuatro kilos.


En cuanto salieron de la clínica, por la casa de la feliz pareja se vio desfilar a parientes y vecinos que llevaban regalos para la madre y su niño: pañales de tela "ojo de pájaro", de algodón o de humilde manta; gorritos, chambritas y zapatitos tejidos a mano, botes de leche en polvo; o cuando menos, algunas piezas de pan de dulce o tortillas de harina recién hechas en casa pues la solidaridad entre familias es tradicional en los hogares mexicanos.


Pero días después, a la caída del Sol, aquel hogar recibió una oscura visita: las hermanas de Luis, dos mujeres de las que poco se hablaba en la familia y que desde el principio muy mala espina le dieron a la joven madre. Siempre solitarias, siempre vestidas de negro y de mirar torvo; poco hablaban y, como aves rapaces, solo intercambiaban entre sí miradas de inteligencia, quizá, comunicándose en silencio. Sin embargo, como buena anfitriona, Mercedes las recibió y les mostró su bebé como el premio con que Dios la había bendecido.


Las hermanas, envueltas en el silencio de siempre, se acercaron a la cuna y acariciaron el tierno cabello castaño de la criatura y sus mejillas color de rosa. Sonreían arcanas y se miraban entre sí, mientras Mercedes se estremecía en unos escalofríos que ni ella misma podía entender. No cabe duda que el instinto protector de una madre es una fuerza misteriosa que acentúa el sexto sentido que toda mujer tiene. El niño se agitó y empezó a llorar tan fuerte, que alarmó a su madre quien se acercó inmediatamente a cargarlo entre sus brazos.


Las tías caminaron hacia la puerta, con lo cual daban por terminada la visita. Antes de salir, dieron media vuelta, dilataron los ojos, y clavaron la mirada en el bebé. Con una sonrisa breve y torcida le dijeron a su cuñada: ¡Que lindo niño, Meche!, ¡se ve tan sabroso, que nos dan ganas de comerlo...!

Mercedes palideció ante las palabras, les contestó con una sonrisa forzada y las vio perderse en la naciente oscuridad. El niño, al amparo de su madre, había dejado de llorar. Esa noche, Luis tenía que ir a su trabajo de vigilante en unos almacenes cercanos y su mujer le pidió que no fuera, que no los dejara solos porque tenía mucho miedo de lo que habían dicho sus hermanas.


No tengas miedo, Meche - le contestó con voz tranquilizadora su esposo-. Ellas siempre han sido medio raras, o medio locas, pero no es como para que nadie les tenga miedo. Además, hay que trabajar. Duerman en paz. Mañana nos vemos. La oscuridad invadió el poblado y los campos de Tanque Colorado; y si las estrellas brillaban con gran intensidad, era porque un viento frío arrastró las nubes y empezó a peinar los montes provocando murmullos a su paso entre chaparrales y alambradas. Mercedes hacía guardia ante la cuna de su niño aún no bautizado, aún no consagrado a Dios, mientras las cuentas del Rosario se deslizaban entre sus dedos en el repaso de oraciones silenciosas.


Al avanzar las horas, luchaba por mantener los ojos abiertos en aquella vigilia que sentía necesaria; pero un pesado sopor fue apoderándose de ella y aunque acudió a la cocina a mojarse la cara, cabeceaba y bostezaba en un extraño sueño imposible de resistir. No supo en que momento cerró los ojos. Cuando los abrió, con gran sobresalto descubrió que ya la aurora pintaba de malva el Oriente. Al volver la vista a la cuna, la descubrió vacía. Tuvo que ahogar entre las manos un grito de desesperación que se habría oído por todo el caserío.


¡Había qué serenarse! ¡El niño no podía haber desaparecido! Lo buscó por cada rincón de la casa. Ya fuera de sí, salió hasta el patio y no pudo más. El llanto estalló y a causa de sus gemidos, los vecinos empezaron a acudir uno a uno hasta reunirse un numeroso grupo rodeando consternado a la pobre mujer.


Luis regresó una hora antes de lo habitual. La alarma había llegado hasta su lugar de trabajo por un vecino que fue a llevarle la triste noticia. Igual que su esposa, revolvió toda la casa. Al fin, se sentó también a llorar. Había que aceptarlo: su pequeño había desaparecido.


Mercedes, sacudida por el llanto, le recordó lo que habían dicho sus cuñadas.


¡Estás loca! ¡¿Cómo puedes pensar que mis hermanas van a hacerle daño a su propia sangre?! -fue la respuesta airada de su esposo.


-Nada pierdes con ir a investigar, Luis –le dijo un vecino-. Tus hermanas no son de fiar... Además, durante la noche, sobre los techos se oyeron ruidos de grandes alas y chiflidos que a mí, que soy hombre, me llenaron de miedo. No te enojes por lo que te estoy diciendo. Mejor, ve a ver a tus hermanas. Luis puso el semblante sombrío. En verdad, en la misma familia se creía que sus hermanas mayores eran hechiceras pero, realmente, nadie podría probar nada; solo eran sospechas o tal vez calumnias de personas de mala fe. Iría. Ya no le quedaban más recursos. Al llegar a la casa de sus hermanas, a las orillas del ejido vecino, salieron las dos a recibirlo con una gran sonrisa.


-Pero, hermano, ¿que andas haciendo aquí? ¿No deberías estar a estas horas con tu esposa?


Cuando contó lo sucedido y el motivo de su visita, las mujeres endurecieron el semblante; y con aquella intimidante mirada, con gran autoridad le dijeron: -¡De veras que te has vuelto loco! ¡Solo a un tonto se le puede ocurrir que nosotras podríamos hacerle daño! ¡Mejor, lárgate de aquí y no nos vuelvas a visitar!


Luis se retiró confundido. No sabía si insistir en su reclamo o pedir disculpas a las arpías. Pero por aquello de las dudas, al atardecer se dedicó a hacer guardia escondido entre el matorral, a una distancia prudente de aquella casa. Y al caer las sombras, con gran horror oyó que se empezaron a escuchar carcajadas en las habitaciones; las macabras risotadas poco a poco se convirtieron en chillidos; y tras un breve silencio, dos lechuzas salieron a la puerta y levantaron el vuelo perdiéndose en la noche.


Luis temblaba de miedo pero, venciendo su espanto, se acercó a la casa y entró hasta el segundo cuarto. Nadie estaba. Sus hermanas se habían ido. Cayó en la escalofriante cuenta: ¡Ellas eran las lechuzas! ¡Tenían razón! ¡Sus hermanas eran brujas! Con un sobresalto que lo sacudió hasta el alma, sobre la cama y oculto entre sabanas, descubrió el cuerpo ya endurecido de su pequeño, con una palidez cadavérica en el rostro, y la piel llena de moretones y pequeños cortes. Le habían vaciado la sangre.


Los hombres también lloran; y Luis lloró todo el camino a su casa, cargando el cadáver de su hijo. Al ir acercándose a su hogar, Mercedes, lanzando un grito de dolor, salió a recibirlo. Las mujeres del vecindario, al fin madres, también lloraron conmovidas ante el cuadro de la pareja abrazando al niño muerto. Aunque fueron buscadas por todas partes con ánimos de venganza, las siniestras hermanas no volvieron a dejarse ver por la región. La casa de las brujas quedó sola para siempre y Luis decidió curar sus dolores dejando Tanque Colorado para nunca más volver.


Así, se cambiaron a la ciudad de Monterrey. Ahí, en un nuevo trabajo, la prosperidad llegó a sus vidas y otras bendiciones recibieron del Cielo pues tuvieron otros hijos más. Pero aunque tanto consuelo el Señor les mando, jamás olvidaron su primer dolor y Mercedes se dedicó en cuerpo y alma, día a día, a cuidar celosamente a sus niños hasta verlos crecer y alcanzar la juventud.


El tiempo todo lo cura. Con los años, las heridas se convierten en cicatrices. Pero entre la familia afectada y los vecinos de Tanque Colorado que atestiguaron esta terrible historia, jamás se olvidó aquel horripilante festín de brujas…