UN ALMA EN BUSCA DE CONFESIÓN

Publicado por Juan Felipe jueves, 5 de agosto de 2010


Era el año 1958, la sequía tenía en crisis al norte de México. La presa Don Martín, en terrenos de Coahuila, se encontraba vacía; los riegos estaban suspendidos y toda actividad agrícola también. Ante la falta de dinero, los comercios de Ciudad Anahuac lucían desiertos y los fleteros que desde todas partes del país venían a llenar sus camiones con las preciadas pacas de algodón, parecían para siempre desterrados.


Con las despepitadoras sin actividad y cientos de trabajadores sin empleo, todo era penuria y deseo de abandonar el terruño con rumbo a Nuevo Laredo o Monterrey para definitivamente, nunca más volver. En este marco trágico, mucha gente se negó a dejar morir el poblado y resistió pacientemente, casi al borde de la hambruna.

Don José Santillán padecía también la falta de todo y se empleaba por unos cuantos pesos en "lo que saliera"; así que su hijo Raúl, un joven de catorce años, decidió ayudar al gasto familiar y ya que no había actividad en la parcela, se consiguió un cajón y equipo para bolear. Algunos centavos que aportara a la casa para algo tenían que servir.


En aquel tiempo vivía en la estación Rodríguez y, al combinar la boleada ambulante con una pacifica vagancia, a veces le daba la media noche en la calle. Su punto de reunión favorito estaba a dos cuadras de su casa; era el cruce de la hoy carretera a Colombia a la altura de la calle de Doctor Díaz. Ahí, sentados en la acera del templo del Sagrado Corazón, sus amigos y él esperaban el paso de un Express o una pic-kup para correr y colgarse de la parte trasera. Se iban trepados o sentados en la defensa, y saltaban a la siguiente cuadra para devolverse y esperar su turno para "colear" otro mueble cualquiera.


Una noche, cerca de las 12, cuando Raúl estaba sentado en la acera en comentarios finales con sus tres habituales compañeros de boleada, un hombre desconocido de edad indefinida, se paró repentinamente ante ellos. Asombrados por la súbita presencia, lo miraron de arriba abajo. Parecía de buena familia a juzgar por su elegante traje gris oscuro; pero lo que más les llamó la atención fueron su palidez y su peinado relamido y brillante. De modales finos, alto, delgado y de rostro afilado, lo notaron como embargado por una gran preocupación al preguntarles: -¿Saben ustedes si se encuentra el cura de la iglesia? Raúl se adelantó a sus amigos para darle una razón: -Pos ahora están nomás una viejita que hace el aseo y vive allí, y dos monjas que duermen en otro cuarto; pero el padre, no sabemos... A veces duerme aquí; a veces duerme en la otra iglesia.


-¡Es que me urge hablar con el párroco...! Vengo muy apurado... ¡Necesito verlo...! Por favor, díganme, ¿como podemos saber si esta aquí en esta iglesia? Las palabras del extraño se oían como desesperadas. –Pos no podemos saber... Si quiere, entre... Toque en aquel cuarto de la derecha, que es donde duerme; a ver si está...


Los cuatro lo vieron entrar apresuradamente, a pasos largos; y atravesar con su cuerpo los hierros del antiguo portón del templo. Luego lo vieron pasar el amplio patio y llegar ante el dormitorio del cura y penetrar las gruesas maderas de la puerta de aquella habitación. Los amigos quedaron callados ante estos dos hechos insólitos. Se miraron sonrientes pero confundidos. Todavía no les "caía el 20" de lo que estaban viendo, hasta que uno de ellos hizo el comentario obligado: -¿Vieron...? ¿Como pudo entrar si nunca abrió ni la reja ni la puerta...? ¿Vieron como los atravesó con su cuerpo...? Quedaron los cuatro en silencio...


Un frío repentino bajó por su nuca acariciando su columna vertebral hasta llegar a las corvas que empezaron a temblar. Las piernas se negaban a sostenerlos pero se hacían fuertes. Parecía que no querían aceptar que hablan atestiguado una presencia del más allá y mucho menos que hasta estuvieron hablando con ella. No se dijeron una palabra más... De pronto, en un grito a coro, y arrebatados por el espanto, corrieron hacia los cuatro puntos cardinales buscando el amparo de sus hogares.


Hasta el año 2008, han pasado 50 años y, los entonces niños son hoy hombres viejos; pero todavía recuerdan con un leve escalofrío aquella alma en pena que urgentemente buscaba un confesor, quizá para declarar sus pecados y lograr por fin el perdón y el descanso eterno.


Pero esta noche, si pasa usted por el frente del templo del Sagrado Corazón de la vieja estación Rodríguez, no se asuste si un elegante caballero, enfundado en fino traje gris oscuro, lo detiene para preguntarle por el párroco que tal vez todavía no ha logrado entrevistar para consumar la confesión de sus pecados. Simplemente, déle razón de lo que pide o condúzcalo personalmente ante cualquier cura de las parroquias. Y una vez consumada su buena acción, vaya a su calido lecho y tenga usted dulces sueños.

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